La Economía en un campo de prisioneros
Richard Attenborough y Steve McQueen como Bartlett y Hilts en La Gran Evasión (1963), de John Sturges.
Nosotros también nos asomaremos (sin temor) a algunos de los fundamentos de la Economía.
La crisis financiera internacional que sufrimos desde finales de 2007 ha hecho que muchas personas se planteen la necesidad de reformar completamente nuestro “sistema económico”, buscando alternativas a los mercados financieros e incluso pidiendo, en las propuestas más atrevidas o radicales, que demos la espalda al dinero, algo que vemos reflejado en el auge de mercados de trueque y bancos de tiempo, promovidos por los movimientos “altermundistas” (otro mundo es posible).
Sin embargo, la historia del dinero es tan antigua como la historia de la civilización, y desde los tiempos más remotos el hombre ha recurrido a algún medio de pago (y medida de valor) para hacer más eficientes las siempre necesarias transacciones comerciales.
¿Qué pasaría si pudiéramos hacer un experimento ("sociológico", como los de la tele), con una pequeña comunidad aislada, en la que no existiera ni fuera necesario el dinero, y en la que todos sus miembros tuvieran las necesidades básicas cubiertas de la misma forma, y recibieran exactamente los mismos bienes?
Se puede decir que este experimento ya se hizo, aunque de forma involuntaria, en los campos de prisioneros de guerra aliados durante la segunda guerra mundial, y como habrán podido deducir del título de esta entrada, el resultado fue que pronto se inventó una moneda, pero no solo eso, sino que también se desarrollaron tanto el comercio como una compleja estructura económica.
Esta información se la debemos a un economista inglés, Robert R. Radford, que después de estudiar en Cambridge en los años 30 del siglo pasado, y de trabajar durante unos pocos años para el Fondo Monetario Internacional, vio su vida interrumpida por la guerra, fue hecho prisionero por los alemanes y pasó por distintos campos de prisioneros en Europa. Pocos meses después de que su campo fuera liberado por tropas de Estados Unidos, en 1945, escribió un artículo titulado “La Organización Económica de un Campo de Prisioneros de Guerra”, que se ha convertido en todo un clásico para introducir al estudio de la Economía.
Esta información se la debemos a un economista inglés, Robert R. Radford, que después de estudiar en Cambridge en los años 30 del siglo pasado, y de trabajar durante unos pocos años para el Fondo Monetario Internacional, vio su vida interrumpida por la guerra, fue hecho prisionero por los alemanes y pasó por distintos campos de prisioneros en Europa. Pocos meses después de que su campo fuera liberado por tropas de Estados Unidos, en 1945, escribió un artículo titulado “La Organización Económica de un Campo de Prisioneros de Guerra”, que se ha convertido en todo un clásico para introducir al estudio de la Economía.
Siguiendo el artículo del señor Radford (sin pretender hacer una traducción, ni una copia de algo que ya está escrito de forma magistral, solamente un resumen), les invito a que me acompañen al campo para ver qué ocurrió. Si lo prefieren, son ustedes libres de imaginarse en la piel de Steve McQueen.
El campo de prisioneros
Los campos que describe el señor Radford eran para oficiales. En ellos los prisioneros no eran forzados a trabajar, y podemos pensar que eran tratados con más respeto y algo menos rigor que el resto de soldados.
Normalmente los campos tenían entre 1.200 y 2.500 prisioneros, de todas las nacionalidades aliadas, británicos e indios (sijs), franceses, rusos, yugoslavos, etc., alojados en barracones de unas 200 personas.
Se puede decir que dentro del campo no existía el dinero, aunque había algunos marcos alemanes, pero no se podía comprar prácticamente nada con ellos. Al parecer algunos prisioneros los utilizaban para saldar deudas de juego.
Los prisioneros recibían raciones de comida de los alemanes, y sobre todo, paquetes de ayuda de la Cruz Roja, con leche enlatada, mermelada, mantequilla, galletas, chocolate, azúcar, etc., y también cigarrillos.
Muy pronto después de su llegada al campo, los prisioneros se daban cuenta de que no merecía la pena dar ni aceptar regalos, dado que todos recibían lo mismo y todos estaban sometidos a la misma escasez.
Sin embargo, no todos tenían las mismas preferencias, y muy pronto hizo su aparición el trueque, por ejemplo con un no fumador que le cedía a un amigo su ración de cigarrillos, a cambio de chocolate. Estas transacciones se fueron haciendo cada vez más complejas.
Los indios, que al principio intercambiaban sus latas de carne por cualquier otra cosa comestible, empezaron a insistir en pedir a cambio mermelada y margarina. Pronto se llegó al consenso de que una lata de mermelada valía lo mismo que media libra de margarina (227 gr.) y algo más, una ración de cigarrillos lo mismo que varias raciones de chocolate, y una lata de zanahorias troceadas no valía prácticamente nada.
Inventando una moneda
Al cabo de un mes, se comerciaba con todo tipo de productos y su valor relativo era conocido, pero no se expresaba en términos de unos productos frente a otros, sino en cigarrillos.
El cigarrillo se había convertido en la unidad de medida del valor de las cosas.
Al principio los prisioneros se paseaban entre los barracones anunciando sus ofertas, como por ejemplo “¡queso a siete!” (cigarrillos), pero pronto se estableció un mercado de intercambio mediante un tablero en el que se escribían ofertas y demandas, junto con el nombre y datos de contacto de los anunciantes. Cada vez que se cerraba un trato, se tachaba en el tablero, pero no se borraba, de forma que quedaba un registro semi-permanente de transacciones, lo que hacía que los precios fueran conocidos y tendieran a ser homogéneos en todo el campo.
Con este sistema, todos los prisioneros, incluyendo los no fumadores, estaban dispuestos a vender productos a cambio de cigarrillos, ya que sabían que podrían utilizarlos en el futuro para comprar otras cosas. Los cigarrillos se habían convertido en la “moneda” del campo, aunque también se seguía usando el trueque en algunos casos.
Campos de tránsito y campos permanentes
Después de ser capturados, los prisioneros pasaban normalmente por varios campos “de tránsito” (en Italia en el caso del señor Radford), normalmente masificados y caóticos, sin un nivel de organización interna que permitiera tener tablones de intercambios, y por lo tanto sin “unidad de mercado” ni homogeneidad de precios.
Por el contrario, los campos permanentes (en Alemania) eran los que tenían el mayor nivel de organización económica y comercial. Además de los tableros de intercambio, se había organizado una tienda, gestionada por representantes del oficial británico de mayor rango y sin ánimo de lucro, sino como un servicio público.
Los prisioneros podían dejar en la tienda las cosas que no necesitaban (ropa, productos de aseo, comida) para que fueran vendidos a un precio fijo. En la tienda solamente se aceptaban cigarrillos y no se permitía el regateo.
Además de lo que habían dejado los prisioneros que querían vender, la tienda también se encargaba de mantener unos niveles de existencias de comida. El capital utilizado para adquirirla era un “crédito” de cigarrillos por parte del almacén la Cruz Roja, que se iba devolviendo mediante una pequeña comisión sobre las ventas.
El cigarrillo como moneda
De esta forma vemos que el cigarrillo se había convertido en una auténtica moneda, cumpliendo todas sus funciones, es decir, utilizada como unidad de contabilidad, como medida de valor, y como depósito de valor (permitiendo almacenar riqueza para comprar cosas en el futuro), y también con la mayor parte de características que tiene que tener una moneda.
Los cigarrillos eran razonablemente homogéneos, duraderos, y de pequeño tamaño.
Si se hacía girar un cigarrillo entre los dedos, se podía conseguir que cayera parte del tabaco, de igual forma que antiguamente, cuando las monedas estaban acuñadas con metales valiosos, algunas personas las limaban o las calentaban para desprender parte del metal.
Estas prácticas hacían que la mejor moneda (los cigarrillos que no se habían “adelgazado”, o las monedas a las que no se había sustraído metal) se guardasen para uso o ahorro personal y desaparecieran de la circulación. Los economistas conocen esto como la “ley de Gresham”: la moneda mala expulsa a la buena.
Uno de los principales inconvenientes de los cigarrillos como moneda, era el hecho de que también se pudieran fumar, ya que daba lugar a una demanda no monetaria de los mismos.
La Cruz Roja suministraba normalmente entre 25 y 50 cigarrillos por persona y semana, y mientras este suministro se mantenía de forma regular, los cigarrillos cumplían perfectamente su función monetaria. Sin embargo, en ocasiones se interrumpía el suministro, las existencias de cigarrillos disminuían rápidamente, bajaban los precios (los escasos cigarrillos aumentaban de valor y podían comprar más cosas), es decir, se producía deflación, se reducía el volumen de las transacciones comerciales y eventualmente había que recurrir de nuevo al trueque.
La situación se invertía con la llegada de un nuevo suministro de cigarrillos. Entonces los precios subían rápidamente (se producía inflación) antes de empezar a caer de nuevo, lentamente al principio, pero cada vez más rápido a medida que los cigarrillos empezaban a escasear de nuevo.
La mayor parte de los problemas económicos en el campo se debían a esta “inestabilidad monetaria”.
Otros factores podían hacer variar el nivel general de precios. La llegada de nuevos prisioneros al campo, normalmente hambrientos, hacía que subieran. Los bombardeos en las proximidades del campo hacían que aumentara la ansiedad de los prisioneros y por tanto la demanda “no-monetaria” de cigarrillos, haciendo que disminuyera la cantidad de moneda en circulación y por tanto que bajaran los precios. Lo mismo ocurría con las buenas o malas noticias o rumores sobre la marcha de la guerra, y las consiguientes oleadas de optimismo o pesimismo.
También podían producirse cambios en los precios de productos determinados. Por ejemplo, durante el verano se reducía la demanda de cacao y aumentaba la de jabón, y el descubrimiento de que se podía producir un licor muy potente con pasas y azúcar tuvo un gran impacto en el mercado de frutos secos.
En la próxima entrada veremos cómo se introdujo el papel moneda, y cómo el sistema económico siguió ganando complejidad.

Interesante y muy didáctico, como siempre. Al menos visto desde la perspectiva del que poco (o casi nada) sabe sobre la materia.
ResponderEliminarSeguiremos atendiendo.
Saludos; cálidos, aunque soportables.